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Tuesday, October 21, 2008

Notas busconianas



- Sueño con una librería en donde cada libro venga con el trago que le corresponde. Por ejemplo, la Divina Comedia con un buen Chianti. O los cuentos de Garmendia con un Cuba Libre.

- Frustración reiterativa: Que la caja de la entrada en El Buscón no fuera una barra de un bar, en donde yo sirviera tragos y recomendara libros mientras tanto. Y luego los comentara con los asiduos por horas hasta la madrugada.

- Esperanza del pesimista: Por cada libro mal escrito, una mujer que lo compense con todo lo contrario. Cielo de los musulmanes.

- El buen librero es el pasional. Si usted pone a alguien a alfabetizar un estante por apellido de autor y termina en 10 minutos, ese no sirve. Si se tarda dos horas, mientras revisa títulos, los toca, los lee, ese sí sirve.

- Argumento del idiota: “En este país no se ha editado nada”

- Uno dice: “Mi escritor es Dostoievski”; el otro: “El mío es Tolstoi”. Ambos declaran que el uno es mejor que el otro. Baja el micrófono, aparece el Madison Square Garden, yo me pongo en el medio, doy las indicaciones y declaro comenzada la pelea.

- Así como las sensaciones en un cuerpo pueden ser infinitas, las que otorgue un libro también. Un libro es un cuerpo intelectual.

- Me siento a comer algo en el depósito, lleno y lleno de cajas de libros y de estantes llenos de libros. Me dicen: “¿Sabes que aunque te vayas nunca te vas a librar de nosotros, no? En otros lugares del mundo nos encontrarás, nos limpiarás y cuidarás porque ese es parte de tu sino. No puedes hacer nada, no puedes huir ni esconderte. Lo sabes, ¿no?”.
“Sí”, respondo, sin levantar la cabeza y sigo comiendo.

- Ejercicio de la memoria: recordar a cada mujer hermosa en la librería por el libro que busca. Te ganas una mirada de ella y quizás una sonrisa. Y quizás algo más. Es un negocio redondo.

- Armar la biografía de alguien a partir de sus libros. Ver las fotos con que marcaron páginas, facturas de hotel, tickets de avión, cartas a la madre anunciando que se divorcia, cartas anunciando que está embarazada, dedicatorias en el libro. Reconstruir sus vidas.

- Recompensas: conseguir el libro que alguien lleva años buscando. Puede ser a un joven buscando respuestas, a una señora avivando nostalgias. Un señor llega un día y me pregunta si tenemos algo de la poesía de Carlos Borges, el sacerdote venezolano de tiempos de Gómez, marcado por la polémica de lo erótico de sus escritos. Le digo que no, pero trataremos de conseguirlo. Lo hago y el señor viene. Casi llorando, me dice: “Estos textos me cambiaron la vida, me enseñaron a amar. Me los sé de memoria. Solo quería comprobar que no fue un sueño eso que leí hace 50 años. Gracias”.

- Conozco a una muchacha fanática consumada de Dickens (como lo soy yo). Hablamos mucho siempre de él. Un día, después de revisarlo bien, descubro en nuestras cajas una primera edición de Dickens (1837). The Pickwick papers. Un día la veo pasar afuera, la llamo y la pongo en sus manos. Estuvo unos tres cuartos de hora tocándolo, revisándolo. Dio las gracias y se fue. Por cosas de la vida, leo en un blog un comentario de ella diciendo que fue una de las mejores experiencias de su vida ese momento. Eso es ser un librero. Quien no entienda eso que renuncie y que se vaya.

- Los libros se limpian, se huelen, se revisan, se ojean página a página. Lástima que lamerlos pueda ser mal visto y el sabor, supongo, desagradable.

- Dato pesimista: todo libro editado a partir del siglo XIX está hecho con papeles con químicos que le dan un rango de vida de 150 años nada más, momento en que se desintegrarán. ¡Léanlos!

- Tocar una edición del siglo XV del Decamerón. Ver sus marcas de agua, lo mágico del papel. Luego viajar a Florencia y palpar el aire. Solo así se entiendo todo.

- Abrir una edición fea por fuera y encontrarse un grabado de Juan Gris. Es una primera edición de Hemingway. ¿Sentiría él lo mismo al pescar un pez aguja en aguas de Florida?

- Confusión: Una vez, se presume, tuvimos una primera edición de Lolita, de Nabokov. Olympia press. No era la primera edición, pero un sentido lúdico de las cosas me invita a soñar que sí fue y que alguien se la llevó por 10 mil bolívares hace cuatro años. Brindo por ello.

- Limpiar libros de la biblioteca de Guzmán Blanco y de Briceño Iragorry o, recientemente, de Juan Rohl. Tener en tus manos libros que eran de Rafael Cadenas, Yolanda Pantin. Es como sentirse dueño de la Reserva Federal de los Estados Unidos.

- Si alguien llega, escucha el jazz que borbotea, toma un libro y se lo lee de cabo a rabo, ¿quién soy yo para impedirlo? Debo velar porque la música que suena siga el golpe que lleva su lectura, preferiblemente hablar muy mal de la película que va a ver (tiene el ticket en la mano) y esperar a que pase el tiempo, secretamente marque la página en que se quedó (perdió la película, pero igual tiene que irse ya) y esconda el libro. Sale. Tomo el libro y lo tapo con otro para que cuando vuelva no se lo lleven. En estos tiempos, hay que velar por la lectura de los otros.

- Mi primer encuentro: la primera edición de La casa de los Abila. Fue como una revelación. Descubrí la singularidad de cada libro.

- Un orden de lecturas: Rabelais, Defoe, Sterne, Dickens, Stevenson, Conrad, Lawrence, Miller.

- No debe irrespetarse nunca el interés de tantas mujeres por Anaís Nin, Virginia Wolf, Beauvoir, etc. Hay que estimularlo. Seremos los agradecidos.

- Secreto: todas las librerías están llenas de Francescas.

- Julio Garmendia es asiduo de El Buscón. La butaca del fondo es su sitio. Cuando la prestamos para una obra de teatro armó un zafarrancho tal que se dañaron dos lámparas, la impresora por un tiempo y se caían los libros a cada rato. El otro Garmendia, Salvador, los recogía por que es buena gente y sabe que recomiendo sus libros.

- Ser honesto: el libro de un autor amigo puede ser mejor que otro. Decírselo. La honestidad es la base de la relación entre el autor y quien vende sus libros.

- Siempre tuve rabia pues pensaba que Ramos Sucre no visitaba la librería. Me equivoqué. Él era el que escondía las cosas para que Katyna las buscara. Como diciéndole: no dejes de leerme por favor, de indagar en mis palabras. Los fantasmas también se enamoran.

- Rafael Cadenas es el mejor book dealer de este país. Cada semana pasa y lleva unos cinco libros. Pocos, pero cada semana. Revisa los que hay, a veces se lleva algo. Te recomienda cosas para que leas, te presta libros. Sabe lo que ofrece, porque revisa siempre lo que hay y no hay y nos lleva lo que falta. En el fondo, sabe que la gente necesita leer según los signos de los tiempos. Es un viejo que camina mucho, aún anda en autobús, tiene un sentido del humor maravilloso y sabe de béisbol como pocos. Tiene más de 70 años. ¿Saben lo que es hablar de libros todas las semanas, de poesía, con el mejor poeta de este país?


Ricardo Ramírez -(Colaborador)


Monday, October 20, 2008

Anarcochic: Banksy o el arte de una celebridad anónima


Pocas personas conocen su identidad. De él se ha dicho que ronda los 34 años, que viste al estilo hip-hop, que va siempre cubierto con una capucha y que suele salir a la calle disfrazado con sombreros, pelucas y barbas postizas para no ser reconocido. Así camuflado aparece en los videos en los que registra su obra, o sus “actos vandálicos”, como él mismo los llama. Banksy, es un outsider, y al mismo tiempo es un icono de la cultura callejera.

Entre sus temas preferidos, representaciones tamaño natural de seres oscuros y mediocres, ratas de gran tamaño que simbolizan la vida anónima y subterránea, así como figuras de autoridad en situaciones ridículas o atrevidas (soldados orinando en las esquinas, policías en contextos homosexuales o la Reina de Inglaterra en pleno acto sexual). En sus murales son frecuentes las imágenes bélicas, las ametralladoras y las armas de destrucción masiva, así como los íconos de la cultura de masas norteamericana (desde Ronald McDonald a Mickey Mouse). Sus mensajes son directos y reflexivos, desvergonzados en oportunidades. Muy poco recatados, siempre. En algún muro de la ciudad de Brighton dibujó una colegiala de la que emerge un corazón romántico mientras ataja un misil en el aire. En el libro “Banksy, Wall and Piece”, esta imagen va acompañada de la frase: “Requiere mucho coraje ponerse de pie en una democracia occidental y mencionar temas en los que nadie cree, como la paz y la justicia y la libertad”. En Disneylandia colocó un muñeco inflable a escala humana representando un preso de la cárcel de Guantánamo. En el Muro de la Segregación en Palestina dibujó escaleras, ventanas, cielos abiertos poblados de nubes y niños que escapan por los aires con la ayuda de globos.


Sus locaciones predilectas, muros metropolitanos, postes, pancartas publicitarias y espacios políticamente significativos. Además, a la hora de elegir lugares para trabajar privilegia los puntos turísticos por excelencia, esos que los viajeros suelen elegir para tomarse una fotografía de recuerdo (los alrededores de la Torre Eiffel, del Teatro de la Opera o del Big Ben), y que una vez “decorados” por el artista, pierden todo su encanto ante los ojos de sus visitantes. Así es el sentido del humor de esta celebridad anónima.

Por supuesto, las críticas a su trabajo pasan por la consideración del graffiti como vandálico (como si para Banksy el término fuese un insulto), como reflejo de la violencia citadina e incluso como incitador de ésta. Banksy ha advertido: “Quienes verdaderamente dañan nuestros vecindarios son las compañías que despliegan slogans gigantes en edificios y autobuses en su intento por hacernos sentir inadecuados a menos que compremos lo que venden. Ellos nos gritan el mensaje en la cara y esperan que no respondamos; ellos comenzaron la pelea. Y la pared es el arma perfecta para defendernos”.

Pero hay más. Banksy también se expresa muros adentro. Disfrazado y con los minutos contados, ha incorporado furtivamente a los museos más famosos del mundo desde versiones vandalizadas de pinturas clásicas y restos arqueológicos, hasta ejemplares de especies biológicas inexistentes. Una vez instaladas, sus obras han permanecido intactas durante horas, días y semanas. “Si quieres sobrevivir como graffitero, cuando creas tu arte puertas adentro tienes una única opción: continuar pintando sobre cosas o piezas que no te pertenecen”, dice.

Pero el fenómeno artístico mismo no se salva de sus satíricos ataques. Sea puertas adentro o en ambientes exteriores, confronta al espectador con la reflexión. Para Bansky, el arte es el único elemento cultural cuyo éxito no es generado por la audiencia. “El arte que apreciamos en los museos es generado por un pequeño grupo de personas que lo crea, lo promueve, lo compra, lo exhibe y decide su suerte y su éxito. Cuando vas a una galería eres simplemente un turista mirando el gabinete de trofeos de unos pocos millonarios”. Una postura irónica y contradictoria, si se considera que son esos mismos coleccionistas (entre los que se cuentan celebridades de Hollywood como Brad Pitt y Christina Aguilera) e instituciones millonarias, sus primeros compradores.

En febrero de 2007 Sotheby's vendió tres obras suyas de las cuales la titulada “Bombing Little England” (Bombardeando el pequeño Londres) batió su record personal al alcanzar las 102.000 libras (134.000 euros). Una marca que duró poco. Apenas en abril de ese mismo año su obra “Space Girl & Bird” (Muchacha espacial y pájaro) alcanzó en Bonhams, otra casa de subastas de la capital británica, las 288.000 libras (378.000 euros). Actualmente sesenta de sus obras comparten el mismo techo con cuadros de Picasso y Matisse en la Galería Andipa en Londres. "El arte callejero se está convirtiendo en el nuevo pop art", ha dicho el director de esta galería: “El buen arte contemporáneo refleja la sociedad en que vivimos. Y quién refleja nuestra cultura urbana y el mundo actual mejor que el arte de la calle y artistas como Banksy?”. En efecto, el artista ha sido comparado nada más y nada menos que con Andy Warhol, por representar la vanguardia de un movimiento tan popular como el del graffiti y por la manera en que manipula iconos de la historia del arte y de la cultura pop.



En tanto, una fuerte polémica ha despertado la contradicción entre su mensaje político y subversivo, anticapitalista y de protesta, y la mercantilización de su obra, que lo integra a la maquinaria social y económica que critica. En efecto, Banksy, quien no sólo vende su trabajo a galerías privadas sino que trabaja cobrando para organizaciones benéficas como Greenpeace y para empresas como Puma y MTV, es tildado de “vendido” por otros artistas y activistas.

Así, su carrera artística es inseparable de la polémica que muy intencionalmente genera. Tres cosas pueden ocurrir con la obra anárquica y chic de este inglés sin rostro: es posible que pronto desaparezcan de las calles sus graffiti, pues el propietario de las paredes pintadas o quien primero los encuentre se apoderará de ellos para subastarlos (algo que ya ha ocurrido en Londres). También es posible que el graffitero británico deje de firmar sus trabajos para volver a la seguridad que le ha brindado el anonimato y sobrevivir como outsider, caso en el cual deberá despedirse de los ingresos millonarios que hoy lo benefician. De lo contrario, deberá hacer las paces con el orden social y económico que durante los últimos veinte años ha criticado, con lo que la esencia misma de su obra continuará desarrollándose bajo la sombra de la contradicción. Una cosa es segura: la vida clandestina y misteriosa parece agotársele.

Nota: Este artículo fue publicado en junio de 2008 en la sección Extravagario de la revista Exceso (n. 219). Desde entonces, la burbuja alrededor de la identidad de Banksy fue pinchada: ojos indiscretos se han dedicado a reconstruir una historia probable, a rastrear fotografías escolares, entrevistar familiares y compañeros de habitación de un tal Robert Gunningham. Para nosotros sigue siendo Banksy, un artista callejero que tiene qué decir, y que sabe cómo y dónde hacerlo.


Keila Vall de la Ville -(25, 30)


Juan Francisco de León: Primer outsider latinoamericano del XVIII


En la Tucacas de hoy en día, de la primera década de siglo XXI, uno todavía no se sorprende al participar del contrabando y comprar el codiciado queso holandés o el whisky tan escocés, no en una tienda, sino en las manos de un chamito, hijo de pescador en el mejor de los casos, en una calle cualquiera del pueblo, sin aceras y llena de tierra y arena: callejuelas aún coloniales. Cuatro siglos atrás, en cualquier puerto o pueblo del interior venezolano había como mínimo una tienda que expendía mercadería de contrabando. Red ampliamente abastecida por holandeses e ingleses que comerciaban a su merced, pese a los exhaustivos esfuerzos de combatirlo por parte de los vizcaínos de la Compañía Guipozcuana por más de cincuenta años en pleno siglo XVIII. Los consumidores en esas tiendas eran de todas las clases sociales, literalmente de todas y cada una: desde los grandes cacaos a miembros de la iglesia (claro siempre mandarían a los subalternos a comprar) y el común ciudadano de a pie, del pueblo llano como se decía en aquella época, quien sí se presentaba a comprar en persona. Hay que decirlo sin ambages: nuestra idiosincrasia o alma nacional está fundada en el principio quizás caribeño y muy humano de la múltiple moral. Todo comienza por la tenencia del oro y la plata, tan escasos en tierras venezolanas, que recién logran convertirse en Capitanía General en 1777, pero nunca en virreinato; ya que no poseíamos el requisito sine qua non para cualquier virreinato: proveer a la península de oro y de plata sin intercambio, gratis. Por los cronistas sabemos que luego de las perlas, abundantes pero finitas, fuimos tierra de nadie, baldía y de poco valor comercial hasta que se consiguió el oro marrón y dulce, no negro: el cacao. Una sociedad que a partir de entonces se basó no sólo en la exportación sino en el consumo –hasta dos veces al día per cápita– del precioso chocolate; este gusto no dio un placer en el paladar solamente, también deleitó al apetito monetario de nuestros mantuanos, quienes disponían a su antojo las reglas de comercio, precios inclusive, lo que en muy poco tiempo desplazó en importancia al emblemático tabaco, y proveyó a esta casta de abundante oro y plata además de su mote de grandes cacaos (¿sería por latifundistas o por tener las arcas repletas de los preciosos metales?). Tanto fue el éxito comercial de esta casta, que la Corona no tardó en reaccionar: creación de la Compañía manejada por vizcaínos en 1728, cuando ya el cacao era formalmente una industria nacional.


Cualquier español peninsular de hoy en día al escucharnos hablar nos dice que somos canarios, seguramente de Tenerife: esto hasta puede parecernos simpático y gracias a Dios porque se hará más fácil tener el pasaporte de la comunidad europea… En el dieciocho venezolano, los isleños no estaban de acuerdo con que los vizcaínos, de un día para otro, monopolizaran el tráfico del oro marrón y pusieran los precios a su antojo. Tenían razón: bastantes fanegas habían sido cargadas en los navíos durante los últimos cien años para que isleños o locales aceptaran tal imposición de uno de los compradores, además nuevos en el negocio. Sin importar el dato estadístico por fanegas, toneladas, o fluctuación de precios por décadas, el cacao era en efecto producto intercambiable del dieciocho y los holandeses e ingleses estaban perfectamente concientes de ello. Los vascos tasaban a su antojo y de paso pretendían un intercambio desigual en géneros no en dinero: pésimo negocio; tan riguroso y desigual control condujo a un contrabando feroz e indómito que nos arroja al año bisagra de 1749. Diez años habían transcurrido entonces de la guerra de España con los ingleses, mientras que el contrabando ya era imparable por los vizcaínos y por cualquiera: no era un secreto que los peninsulares tenían incluso dificultades para proveer a la provincia de los productos de primera necesidad. Terreno propicio para que los holandeses los sustituyeran y nuestros comerciantes (isleños y locales) hicieran negocios a diestra y siniestra, muy a pesar de la Corona. Terreno propicio también para que Juan Francisco de León se dedicara en los tres años siguientes a encabezar una insurrección de carácter nacional donde se reclaman los derechos comerciales de la provincia. Un acto de insubordinación impensable en cualquiera de los otros planos: religioso, militar o ideológico. Este sublevado contó con el total apoyo de mantuanos, cabildos, miembros de la iglesia y del pueblo llano: las armas vinieron del Caribe; los mestizos y los negros libres engrosaron sus filas de insurrectos. Los ingleses y holandeses felices porque los de la Compañía no vigilaron ni combatieron en absoluto el contrabando durante esos tres años. No sólo la violencia de las armas en la insubordinación, sino reforzada sobre todo con carácter de legalidad en el cabildo de Caracas de 1750, donde de León recibe el apoyo incondicional de otras principales personas y levantan un expediente en contra de la Compañía Guipozcuana, acto cívico sin precedentes: fue un golpe más legal que militar para el imperio.
No obstante, la Compañía desaparecerá apenas treinta y tres años después, y también sabemos que los mantuanos (quizás algunos nuevos ricos en el diecisiete, pero ahora todos viejos ricos y de alcurnia en el dieciocho) no van a renunciar a sus derechos nobiliarios y menos echarle esa vaina a la Corona, por lo que el bueno de Juan Francisco terminará, como predicador en el desierto sin oro ni plata a la deriva en el Orinoco, hasta que se sofoque por completo la revuelta en 1752. En este sentido, sabemos que tanto canarios como mantuanos aceptarán con beneplácito un sexto del importe de cada barco que por edicto real les concede la Corona a partir de 1759; esa gente noble y seria, que mediante sus funcionarios radicados en Venezuela, seguro les harían un guiño para que siguieran en menor grado comerciando también con los holandeses. Toda esta múltiple moral hasta que apareciera el cacao de Guayaquil y destronara la hegemonía del cacao venezolano; de ahí al café y posteriormente al oro negro, excremento del diablo. En todo caso, siempre una provincia de doble moral, pero de un solo producto y de una sola exportación a la vez; hoy en día nada tan grave en un escenario globalizado donde a juro tienes que comprar y vender como nación. Mono-productores y mono-exportadores, pero multimorales: dentro de esa multimoralidad bien encaja el “Manifiesto de Cartagena” de Bolívar como diagnóstico sociológico de la primera República, pero quizás menos afín al contexto de autores como Rodríguez y Bello, quienes junto a otros ilustrísimos venezolanos traducían lo más excelso de la literatura y del pensamiento político del acontecer mundial, nada menos, aparte de realizar verdaderos esfuerzos por hacer copias manuscritas de sus traducciones accesibles al vulgo, aunado al altruismo de catedráticos donantes de sus libros personales para la mayor divulgación posible del libre pensamiento. Sin embargo, los idearios de la emancipación nos petrifican como ese recuerdo a veces marmóreo de don Andrés Bello, al pretender fundar a la República sobre los más profundos valores universales, ante una realidad tan mutimoral, y que acaso se conecte más con el sentido tan práctico y comercial de don Francisco de Miranda, quien vende a América como mercado potencial donde habitaban quince veces más personas que en España. Hoy, Eduardo Galeano acota las noventa veces más población en África que en la Portugal conquistadora. Nosotros quizás podemos optar entonces por pensar a Venezuela como zaguán de América, territorio multimoral, y entonces pensemos:

¿qué es lo que puede fundarse sobre esa tierra de tantos colores, sabores y productos? No en balde Miranda, mercadeaba al canal de Panamá como puente de paso entre dos océanos, mientras que Bolívar hacia lo mismo con Venezuela como puerta de entrada de la América hasta sus más remotos confines andinos. Por ello, acaso la multimoralidad pueda ser una de las mejores razones que explique a Venezuela como perfecto caldo de cultivo para la insurrección de todo el continente sudamericano en ese abril de 1810, gracias también a la poca institucionalidad y como provincia menos influida por el poder hegemónico del imperio español: el Caribe como único territorio posible para tal atrevimiento e irreverencia, Venezuela como base y no punta, de ese iceberg: la patagonia en el norte de ese iceberg, Venezuela y su costa caribeña en el sur.



Pedro Elías Martí -(colaborador)


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A Chapita


No recuerdo la primera vez que lo vi, pero sí el día en que empezó a ser alguien en mi vida. Antes de ese día, era un adorno más de la universidad, uno, no muy agraciado, es cierto, pero más vivo que otros tantos estéticamente más atractivos. Después de ese momento en el que él empezó a ser parte de mis días, lo veía diferente. Estoy segura de que antes de verlo esta primera vez lo había visto muchas veces sin darme cuenta. Esta vez de la que hablo, él se encargó de que lo viera, para que, luego, ya no pudiera dejar de hacerlo. Cuando pasaba días sin encontrarlo por ahí, me preguntaba por él, cuando lo veía golpeado, me sentía mal y siempre que pensaba en él, aunque me dé un poco de pena confesarlo, sentía deseos de invitarlo a mi casa y cocinar para él. Los pocos amigos a quienes les comenté este deseo me vieron angustiados. Me hicieron prometer que no lo haría. Pero si no lo hice, no fue por ellos, sino por tonta. Ya nunca cocinaré para él, ni me callaré para oírlo hablar de su vida (secretamente, era eso lo que quería hacer: callarme para oírlo hablar). Pero nada, ahora que ya no adorna, ni distrae a los que pasamos cada día por su banquito, no me queda sino recordar aquel día en el que empezó a existir para mí. Era un lunes, lo recuerdo bien. Iba tarde para mi clase de las siete, así que corría. Estaba en primer año, ¡cuánto tiempo ha pasado! Corría por la placita, esa que queda cerca del Farmatodo de Valle Abajo, donde está una estatua de un hombre con un perrito. Corría sin ver a los lados, pensando en que de nuevo me había quedado dormida, en que si no me apuraba pasarían la lista y me pondrían inasistente. Lingüística I, la única materia a la que no podía faltar -llegar tarde era, a los efectos, lo mismo-, con sólo 8 inasistencias se perdía el año. En eso pensaba, molesta además con la idea de ver la cara de la profesora hablando de Obediente y Quilis. Entonces, de la nada, oí que me decían "¡Corre, corre! Llegarás tarde y perderás la materia por inasistencias". Justo lo que yo pensaba. Me detuve en seco y miré extrañada a aquel espía. Me asusté un poco, más que un poco, tal vez, pero no era para menos: ese hombre alto, borracho, sucio y golpeado, había leído mis pensamientos. Me quedé viéndolo por unos segundos y entonces él me sonrío. "Corre", me dijo de nuevo. "Gracias", le dije yo, aún sorprendida, antes de seguir mi camino. Fue extraño como entró en mi vida universitaria (y no-universitaria), espiando mis pensamientos, sonriéndome. Ese día empecé a preguntar por él y a saber de él. A partir de ese lunes empecé a saludarlo. Esa mañana, en la que él escuchó mis pensamientos, dejó de ser ese adorno feucho de mi universidad para convertirse en esa persona que me falta cada vez que paso por su banquito, esa persona a quien extraño, a quien, si bien una vez le regalé dos cambures, nunca invité a comer.


Elisa Nárvaez -(colaboradora)