Saturday, December 27, 2008

Para este número El Apéndice de Pablo 5 trae para ti lo siguiente:

Hensli Rahn nos lleva al diván de su narrativa para medicarnos a su Peruana

Ana Lucía De Bastos erupciona su poesía en Cap de creus


Yoel Villa entrevista a Igor Barreto en una interesante conversación que culmina con Nocturno

Oda a los puentes asimétricos es una genialidad cortesía de Alexis Pablo que combina a un ex presidente con un río putrefacto


Ricardo Ramírez reflexiona y apunta sus Notas busconianas

En esta oportunidad Dayana Fraile ocasiona Vértigo en el apéndice

De conversaciones con poetas, regresa Yoel Villa para relatarnos qué ocurrió con Las ovejas de Caín


Keila Vall De la Ville devela un poco más de Bansky o el arte de una celebridad anónima

Graciela Yañéz Vicentini refleja su joven y descollante voz en Espejo I y II

Miguel Hidalgo Prince capta con Antenas la inquietud de sus personajes y con ellos a sus lectores

Linsabel Noguera ya nos sedujo con su actuación en la pantalla chica y con su voz en la radio, hoy en estos amores de comienzos de siglo, nos vuelve a seducir con su Extraña declaración de amor

Mario Morenza
relata en El profesor Seco y Rafaela las peripecias de unos vecinos alterados por un insoportable hedor

Conoce a las Dos Evas de Alberto Bueno Rángel

Viajemos al pasado con la interesante crónica sobre Juan Francisco de León de Pedro Elías Martí

Espero que también lo haya leído es la conmovedora crónica de Elisa Nárvaez sobre ese entrañable personaje al que conocíamos como Chapita, ícono de nuestra UCV

Anecdotario dermatológico son los recuerdos narrados a flor de piel de Malú Rengifo

El Momap (Museum of modern Apéndice) inaugura la exposición de la artista venezolana residenciada en San Francisco, Ytaelena López

que lo disfruten!!!!

Tuesday, October 21, 2008

Peruana



*

El Junquito, 1997 ó 1998. Bajamos la montaña Tierras Blancas y llegamos donde Nicolino. ¿Por qué Nicolino?, le preguntaban a veces. Soy italiano, decía. Quería decir, de padres italianos. Salió de la casa y abrió la reja. Roger, Aaron Samuel, Cachaco y yo caminamos hasta una grama al lado de la casa. Había un mono tití con una correa al cuello que estaba encadenada a un árbol. Tócalo pues, dijo alguien. Se ahorcaba sin querer, de la emoción. Nicolino dijo: ¿Eh? Cachaco dijo: Qué de qué. Nicolino: El mono. Cachaco: Ah.
Ninguno se acercó. El mono tenía garras y colmillos afilados. Nicolino dijo: No muerde. Miren. Le dio un beso en la cabeza. Volteó hacia nosotros y sonrió. Subió la mano derecha. Nos hizo la seña de maricón; pulgar e índice unidos en círculo, y los otros tres dedos hacia arriba. Dijo: ¿Eh?, sin dejar de sonreír. Volteó hacia el mono. Con la mano izquierda le abrió las piernas y le hizo una paja con el pulgar y el índice de la derecha. No sé cuánto tiempo. El mono eyaculó con los ojos perdidos. Nicolino se limpió la mano en el pantalón. El micro pene del tití seguía erecto y tenía forma de trompeta. Trompeta piccolo.

*
Lisa es buena conmigo. Un día llegué molido a la casa y me eché en el colchón. Desde esa posición le escribí al teléfono. Un poco más de media hora después ya estaba tocándome el timbre. La abracé y la fui desvistiendo. Un poco de lengua en algunas zonas que iban apareciendo más apetitosas de lo normal. Me cabalgó un rato largo. Sudamos. Acabé y nos echamos. Se acabó la maldición, dijo. ¿Qué maldición, chica? Una maldición que me lanzó una indigente en Playa Pantaleta. No le quise dar plata y comenzó a insultarme. Dijo: Perra. Y dijo: Más nunca vas a tirar, ya vas a ver. Y me asusté; iban dos meses que nada. Hasta hoy. La acabamos. Y acabamos, dije. Yo no, contestó. Se me volvió a empinar pero Lisa es una santa y yo soy su consentido; se fajó a chupar. Bolas, palo, ingle. Quedó humectado el aparataje completo. Con gusto se tragó la leche. Y como todo se devuelve, saltó y me embistió la lengua con un beso.


La psiquiatra quedó en leer mis textos. Desde el primer momento hablamos de literatura, conoce varios autores. Tenemos una hora semanal de consulta, una hora tramposa porque son en realidad cuarenta y cinco minutos. Y yo hablo y hablo y apenas llego a los quince. Escribes ¿no?, dijo. Ajá. Bueno, tráeme escritos pues. Me hablas quince minutos y me dejas un escrito, pero corto, ¿eh? Así para la próxima consulta ya habré leído y complementamos con las sesiones.
Así quedamos y así hemos ido. Dijo que el primer escrito estaba bien porque revelaba algunas cosas (para mí, nada, pero bueno). Pero dijo que el segundo era pornografía. Y a pesar de que ella era mujer y podría gustarle la pornografía en ciertas ocasiones, ciertamente la consulta no era lugar para esas cosas.
Esto último lo habló en tono más bajo y entornando la cara para bajarse los lentes. Me miró sin parpadear, muy seria. Debe tener cincuenta. De piel acaramelada y boca jugosa. Tiene acento raro. No me atrevo a clasificarla. Una vez conocí un tipo que hablaba en lo que me parecía perfecto mexicano y resultó ser boliviano. Otra vez acusé de boliviana a una amiga y resultó que era ecuatoriana. Desde entonces me rendí. Pregunta pendiente para la próxima semana. ¿Nacionalidad?


*
Zaida es sobrina de la escritora Esdras Parra. Me contó que tenía un tío en Caracas. Tía, mejor dicho, se corrigió. Es curiosa, dijo, se convirtió en mujer pero precisamente porque le gustan las mujeres. Cuando estaba a punto de morir, la invitó a su casa para que tomara cuantos libros quisiera. Zaida dijo que entró a su apartamento y aún cuando era grande le pareció un zucucho por la cantidad abrumadora de libros. Su tía la recibió una tarde soleada y húmeda, pero por dentro la vivienda era más bien lúgubre y polvorienta. Madriguera, fue la palabra que usó Zaida. El sótano olvidado de la literatura, también dijo. Muchacha intensa, le dije y nos reímos destartalados. No se llevó ningún libro de su tía. Prefería ir ligera, sin tanto peso.

*
Alfredo se estaba cagando en la calle. Conseguimos un fajo de servilletas en una panadería. Le dije que fuera un baño y le expliqué cómo hacía yo: paracaídas o rana. Paracaídas: te bajas los pantalones y sigues parado, te sujetas de un gancho o algo, y apenas te agachas en un ángulo que te permita descargar sin tocar la loza. La rana puede resultar más incómoda o más cómoda, depende del caso, porque te bajas los pantalones y luego montas los dos pies en la taza y te pones en cuclillas. Cualquiera de las dos formas sirve para evitar el contacto directo con la mugre de la poceta. Alfredo escuchó atento y luego razonó que la segunda técnica era peligrosa, había visto fotos en internet de una gorda que intentó esto y la taza se resquebrajó y la gorda cayó y se tasajeó las nalgas y los muslos por detrás. Una verdadera cagada que te pase eso, repuse. Al rato se perdió Alfredo. Cuando volvió, sonreía. Hizo el trabajo sucio tal como le gusta, a la antigua. Sin rana. Sin paracaídas.


La doctora es peruana. Sonrió y me habló de su país. Estaba bonita.
Sobre los escritos opinó que el segundo era escatológico y aún cuando eso forma parte de los seres humanos, me recordó que la consulta no era para eso (ni para la pornografía). Cuidadito con eso, dijo.
El consultorio es pequeño y el escritorio marrón. Hay una lámpara marrón y un archivador marrón. Todo parece labrado en caoba y barnizado. A la derecha de la silla donde me siento hay un tabique marrón. Del otro lado hay una camilla. La primera consulta me llevó hasta ahí. Me quité la camisa y me manoseó para auscultarme. Ella llevaba un conjunto color hueso y la falda no era larga. Las piernas, me fijé, eran como patas de pollo, muy flacas. Sin embargo, fibrosas. Había algo de esfuerzo en esas batatas. Me puse la camisa y volvimos, ella a su silla y yo a la mía.
Del primer escrito refirió que Esdras Parra le gustaba más como poeta que como cuentista. Y agregó que era harto triste. Que parecía un cuento y que ella necesitaba, a fin de que yo sacara el mayor provecho de la terapia, que me pusiera más confesional. Al escribir debía recordar que era para ella y debía recordar las causas que me llevaron hasta ella. Carcajeé. ¿Qué te divierte?, dijo. Le conté que me parecía loco aquello de pagarle porque me leyera, normalmente funciona al revés, incluso algunos roban por leer. Ella abrió la bocaza húmeda y se puso condescendiente. Si alguna vez te publican, me compro tu libro.
¿Tendrá hijas? Tiene la soltura de los solteros. ¿Qué hace una peruana revoloteando en la podrida y mágica vida venezolana?

*
Mi amigo Naxxo tuvo un hijo: Max. Antes de Max, Naxxo era lo que llaman un espíritu libre. Un Dean Moriarty (un Jacques Vaché rústico). El beatnik que no escribe y por eso encarna mejor la palabra que los demás beatniks escritores. Así como Dean por fuera de On the road se llamaba Neal Cassidy, Naxxo fuera de sus discos y los medios de comunicación se llamaba Nacho y le decían Peluche con ironía, porque suave no era ni de casualidad. Venía de un pueblucho del interior. Viajó a la capital pidiendo colas a camioneros. Nunca reveló dónde se tatuó de pies a cabeza y estaba enloquecido por la noche. Una de sus novias (la que lo quiso más o de verdad) era toda una literata. Ximena. Su familia tenía plata, bastante. Un día me invitaron a comer o a fumar porros o ambas cosas. La sala era enorme. Piso de parquet. Pinturas de colección. Esculturas. Recuerdo un cuadro de Jesús Soto en particular. Un bello piano vertical. Y cosas por el estilo. En algún punto Ximena nos contó, no sin humildad, de su padre. Un director de teatro de renombre. No sólo gozaba de prestigio artístico sino de credibilidad por parte de la empresa privada y lo patrocinaban. De ahí sacaron la plata para esta casa, pensé. El hecho es que nos pidió a Nacho y a mí que la acompañáramos. Atravesamos un pasillo largo y llegamos a una puerta con cerradura. Ximena la abrió. Era una galería. Vi un pequeño cuadro de Dalí. Nacho me avisó con el codo para que viera en otra dirección. Un Francis Bacon. Así, como si nada. Hacia el fondo de la galería Ximena se estiraba para llegar a los estantes altos. Sacó un par de libros y se nos acercó. Amanecí de bala dedicado por el propio Chino Valera Mora. Decía: A Ramón, compañero de trinchera. Y por último, bien quemado por el tiempo, un tomo flaco de Ludovico Silva, Cuadernos de la noche. De ése ya no recuerdo cómo decía la dedicatoria, pero era algo como lo del Chino. Ximena dijo que su papá visitó a Ludo (sic) en el manicomio; Ramón le preguntó que qué podía hacer por él, porque tenía toda la disposición, para eso son los amigos, y además estaba en la ventajosa situación de servirle en lo que quisiera. Ludovico le pidió, con los ojos extraviados, una coca-cola helada. Pobre, remató Ximena y nos fuimos de ahí.
A pesar de que Nacho me lo explicó en muchas ocasiones y con muy variadas palabras, nunca comprendí por qué no se quedó con Ximena. Ahora va por su quinto disco. Le va bien.

*
Un amigo tuvo un amor violento. La tipa estudiaba psicología. Muy bruja y muy rica. Mi amigo se enamoró a rin pelado y un día la tipa se pintó y no volvió más nunca. Se quedó con varios discos y libros de él. Discos y libros venezolanos. Valiosos en el sentido de que esos objetos raros usualmente tienen tirajes de quinientas copias. Con suerte, mil. Copias que se pierden a los meses en depósitos olvidados o en cajas para revender a los buhoneros. Y no existen catálogos para revisar esos materiales. Sin embargo, mi amigo no la culpaba y mucho menos accedía a que otros amigos insultaran a su ex.
Pasaron años y mi amigo formó un grupo musical con bastante suerte. Él era vocalista y principal compositor, aunque afirmaba con modestia que las canciones eran de todos los integrantes. Grabaron un disco y justo antes de lanzarlo, se disolvieron. Diferencias creativas, afirmaron ante muchos curiosos de los medios de comunicación. Lógicamente, todo el revuelo contribuyó a que pegaran una enigmática canción en la radio. Para nada, porque ya no existía el grupo y luego de un tiempo ninguno de los ex miembros concedía entrevistas. Sólo algunos supimos de dónde venían aquellos versos de La Psicoteraputa.


¿A qué viene todo este rollo de la música?, dijo. Me gusta. No te creo. No me crea. ¿Y por qué usas la coartada del doble? No hay dobles, son experiencias de gente conocida, usted dijo que fuera confesional. Sí, pero habla de ti, niño.
La palabra niño me abrió un abanico de imágenes instantáneas; subirle la falda; tirar todo del escritorio; lamerle la boca; tumbarle los lentes de una bofetada; hacerla chillar en la camilla.
Te digo qué haremos, resumió. Vas a recordar aquí, ahora, por qué viniste.
Imposible, dije.
Imposible no es y lo sabes, dijo.
Mejor se lo escribo.
La terquedad no es una virtud.

Bah. La cosa es que me junté con alguien que tiene más fe en mí que yo. No sabe por qué diantres la engañé las veces que la engañé. Básicamente me dio dos opciones: la calle o la psiquiatra, una psiquiatra que ella escogió y yo tenía que pagar. Accedí por amor. Llevo tres meses en esa consulta, venteando y revolviendo mi estiércol. A momentos recuerdo un montón de cosas. Las imágenes pueden llegar a ser, no; en este caso las imágenes son un boicot para mi salud.


*
Una temporada me quedé vagando en la ciudad de Mérida. Por las noches me fajaba con Rayuela y pensaba mucho en Oliveira (era joven, se perdona). De día pateábamos todo lo que había que patear en el Centro. Siempre hay unos tenderetes al frente del ateneo Tulio Febres Cordero. Pasamos por un puesto donde había un montón de libros sobre telas de polyester rojo. Puros títulos venezolanos ¿Tiene el nuevo diario de Alejandro Oliveira?, dije. ¡Oliveros!, enfatizó el librero herido. Sí, Oliveros, es que ando leyendo Rayuela y me confundo con Oliveira. El tipo ni se inmutó. No era un enclenque cualquiera. Me veía con verdadera rabia. Oye, yo veo clases con ese viejo, no te pongas así. ¿Te duele acaso?, le dije por joder. Jimmy me jaló del brazo antes de que el librero se me fuera encima.

*
Hay un cuento de Rodrigo Rey Rosa donde un paciente se acuesta con su doctora y gozan de lo lindo.


Suficiente, dijo la doctora. Ese fue su saludo. ¿Leyó lo que le dejé la semana pasada? Y sí… Muy de mal gusto. Muy.
Todo esto lo dijo sin mirarme, mientras anotaba en un récipe.
Toma, me extendió una hoja que arrancó. Te recomiendo con un colega que además escribe de verdad y te puede orientar. Eso sí, a la primera de cambios te corta las patitas rápido, así que no mandes todo al caño esta vez. Él tampoco nació aquí; es chileno. Se llama Fernando. Fernando Cifuentes. Espero que te mejores.


Hensli Rahn -(1932)


Cap de Creus


I

Yo soy la mano que teje debajo de la tierra
La mano que se demora entre los surcos
Que conoce el agua oculta de las piedras
Lo incipiente

La mujer que se encubre debajo de la montaña
zurciendo, despacio, un camino, una salida paciente
vertical

He venido del último pabellón del lodo
Nadando con brazadas lentas
Tejiendo los hilos que dibujan el telar
de lo que desconoces y esperas

Ellas se precipitan.
Caen, indistintas, cada temporada
como avalanchas

Los rescatistas las arrancan a los siete días
Les dicen las malas hierbas

Yo espero

Furtiva
como un volcán desconocido aparezco
Un archipiélago extinto
Que de repente
–Que desde siempre–
Desentierra sus manos y se descubre luz.


Ana Lucía DE Bastos -(VIII)

Invitado: Igor Barreto


Yoel Villa: Hoy más que nunca pareciera un imperativo preguntar a nuestros poetas y escritores, ¿para qué escribir?

IGOR: Sí, esa es una pregunta difícil de responder; sobre todo en este momento cuando estoy en pleno proceso de gestación, entre un libro y otro. Por los momentos escribo para discutir, para plantear ideas, para exponerme como persona y, no sé, para un país imaginario que tiene unos actores imaginarios que en nuestras mentes tienen un rostro.

YV: Quién escribe intenta dar cuenta de una posición particular sobre alguna cosa o aspecto de interés. ¿Hacia dónde mira en la actualidad Igor Barreto?


IGOR: Entre uno y otro libro, pretendo rasgar de alguna manera una posición frente a un tema que a mí me interesa mucho y que es el de la ruralidad en la cultura latinoamericana y de cómo encarar esa imagen en la actualidad. En Argentina, me interesa mucho Francisco Madariaga. La visión de las corrientes del norte de la Argentina me parece muy interesante, digamos que también la literatura gauchesca, lo que citan en paralelismos con el desierto de Atacama, porque así lo veo, como el llanero, como una definición de lo llanero, de lo nacional, de lo nativo. Sobre todo porque lo que se ha hecho en la literatura latinoamericana es doblegar al nativo para esclavizarlo y muestra de ello es el país en donde vivimos, en el cual una de las partes fundamentales es atacar al nativo para esclavizarlo, para bajarles el techo e impedirles que se vean a sí mismos en otros lugares y se vayan.

YV: ¿Qué historia contaría Igor Barreto sobre nuestro país?

IGOR: En verdad la historia de este país tiene una esencia muy provinciana, un sentimiento freudiano de rebelión básica, instintiva; un sentimiento de provincianismo no sé si igual o mayor a su sentimiento de universalidad. Yo veo, por ejemplo, la novela contemporánea venezolana y veo personajes grises, gente gris, y, bueno, creo que hay que pelear contra eso y abrirse hacia contextos mucho mas amplios.

YV: ¿Qué quisiera Igor Barreto dejar a la poesía venezolana como un hombre de esta sociedad cuyo mayor bien es escribir a voluntad?

IGOR: Bueno, yo quisiera ser el precursor de mis pasos, no ser la voz de otros en sentido físico. A mí me gustaría ser más profundo, más arquetipal. No sé, yo quisiera poder dialogar.

YV: ¿Cómo te relacionas tú con las cosas que publicas?

IGOR: Bueno, yo siempre estoy dando lo que hago, tiempo atrás escribí un artículo para una revista y tenía la intención de convertir ese artículo en un poema, o los poemas en artículos, pero, bueno, por los momentos, artículos en poemas. Hace tiempo leí en un poema de Bolaño que la poesía perduraba en la necesidad veraz, en la necesidad y en la trascendencia que tiene el poema de ocupar un lugar en el lenguaje.

YV: Qué opinión tienes de la llamada cultura “bloggera” en Internet?

IGOR: A mí me parece que esa cultura del blog es muy interesante. Fíjate que hace un momento hablábamos del país imaginario. Esos blogs son países y a través de la Internet todos lo podemos visitar. Yo a veces entro en uno y me parece muy interesante, sobre todo, por la relación con el idioma y la escritura, y cómo las palabras mismas suponen un hecho importante.

YV: ¿Crees que ese sea el futuro para la poesía, para literatura?

IGOR: Sí, yo creo que sí. Porque si antes los grupos se reunían en los Café, ahora se reúnen en la casa: a través de los blogs. En ese sentido, vamos hacia una relación mucho más intensa con el alfabeto, con el idioma y con las palabras.


Palabras extirpadas por el invitado Igor Barreto

» El cine como la poesía crea una ilusión de sentidos, una ilusión de sueños que se realizan.

» La vida renace de la tragedia, la lucha está en el fondo de la tragedia.

» Cuando te mueres la gente comienza a hablar mejor, a escribir mejor, creo que la muerte nos da vida.



NOCTURNO



Durante las noches de mi infancia
mi madre
saca una silla frente al portón
y duerme
con el abanico de palma moriche sobre las piernas.

El técnico del taller donde reparan radios
está aún
bajo una lámpara de luz muy pálida.

Durante las noches de mi infancia
los bulbos de una radio desarmada
vuelven a encender su voz
y de nuevo la voz desaparece.

Entre las ramas de un samán
transcurre el río;
se diría que esa noche
da a su paso
un tono más lento.

Durante las noches de mi infancia
escucho el rugido de los tigres
de la casa de los ingleses:
pobres animales enjaulados en torno a una piscina.
Yo sé
que tras el muro
lamen sus garras
y amurrungan los ojos.

Mi padre ha llegado en su jeep
y unas lechuzas lo sobrevuelan.

El único ratón de la casa da las nueve

porque a esa hora corre
y atraviesa la sala.

Yoel Villa -(03)

Oda a los puentes asimétricos


Prólogo:

Al pasar por la autopista caraqueña que bordea lúdicamente el río Guaire, podemos observar aquel ícono emblemático y representativo que une Sabana Grande de Colinas de Bello Monte: El Puente. Puente que se ha convertido en un mito urbano caracterizado por su famoso nombre coloquial al que todos conocemos como las Nalgas de Rómulo. De su nombre original sólo se conoce que es el puente asimétrico, uno de los primeros en su existencia venezolana ideado por un señor que nadie recuerda pero que se rumora que era amante de Rómulo Betancourt. Nuestro querido puente, ha sido un regalo hacia nuestro ex presidente; entiéndase, entre líneas más bien, como una invitación a través de ese puente emulador de nalgas abiertas.


Oda a los puentes asimétricos

a Yoel en su cumpleaños número 30.
Porque siempre le gustan mis escritos escatológicos.


¡Oh! Tú, Nalgas de Rómulo
asimétricas, separadas,
esparramadas a lo ancho
de aquel líquido fluvial
cuyos mojones conspiran
una suerte de viaje guairense.

Cada vez que transito tus Nalgas nocturnas
pienso en esos ovalados espacios
que convergen en mi espera.

¡Oh! Tú, mis gloriosas Nalgas de Rómulo,
producto de mi creación,
de mis pensamientos recurrentes
y excesivamente tautológicos
de nuestros encuentros furtivos.

Ahora sólo existen
para recordarte eternamente.
Caminaré tus Nalgas
cada vez que quiera pasar
de un lado de la ciudad a otro;
caminaré para más nunca salir de tus nalgas,
tus nalgas asimétricas.


Alexis Pablo -(10)

Notas busconianas



- Sueño con una librería en donde cada libro venga con el trago que le corresponde. Por ejemplo, la Divina Comedia con un buen Chianti. O los cuentos de Garmendia con un Cuba Libre.

- Frustración reiterativa: Que la caja de la entrada en El Buscón no fuera una barra de un bar, en donde yo sirviera tragos y recomendara libros mientras tanto. Y luego los comentara con los asiduos por horas hasta la madrugada.

- Esperanza del pesimista: Por cada libro mal escrito, una mujer que lo compense con todo lo contrario. Cielo de los musulmanes.

- El buen librero es el pasional. Si usted pone a alguien a alfabetizar un estante por apellido de autor y termina en 10 minutos, ese no sirve. Si se tarda dos horas, mientras revisa títulos, los toca, los lee, ese sí sirve.

- Argumento del idiota: “En este país no se ha editado nada”

- Uno dice: “Mi escritor es Dostoievski”; el otro: “El mío es Tolstoi”. Ambos declaran que el uno es mejor que el otro. Baja el micrófono, aparece el Madison Square Garden, yo me pongo en el medio, doy las indicaciones y declaro comenzada la pelea.

- Así como las sensaciones en un cuerpo pueden ser infinitas, las que otorgue un libro también. Un libro es un cuerpo intelectual.

- Me siento a comer algo en el depósito, lleno y lleno de cajas de libros y de estantes llenos de libros. Me dicen: “¿Sabes que aunque te vayas nunca te vas a librar de nosotros, no? En otros lugares del mundo nos encontrarás, nos limpiarás y cuidarás porque ese es parte de tu sino. No puedes hacer nada, no puedes huir ni esconderte. Lo sabes, ¿no?”.
“Sí”, respondo, sin levantar la cabeza y sigo comiendo.

- Ejercicio de la memoria: recordar a cada mujer hermosa en la librería por el libro que busca. Te ganas una mirada de ella y quizás una sonrisa. Y quizás algo más. Es un negocio redondo.

- Armar la biografía de alguien a partir de sus libros. Ver las fotos con que marcaron páginas, facturas de hotel, tickets de avión, cartas a la madre anunciando que se divorcia, cartas anunciando que está embarazada, dedicatorias en el libro. Reconstruir sus vidas.

- Recompensas: conseguir el libro que alguien lleva años buscando. Puede ser a un joven buscando respuestas, a una señora avivando nostalgias. Un señor llega un día y me pregunta si tenemos algo de la poesía de Carlos Borges, el sacerdote venezolano de tiempos de Gómez, marcado por la polémica de lo erótico de sus escritos. Le digo que no, pero trataremos de conseguirlo. Lo hago y el señor viene. Casi llorando, me dice: “Estos textos me cambiaron la vida, me enseñaron a amar. Me los sé de memoria. Solo quería comprobar que no fue un sueño eso que leí hace 50 años. Gracias”.

- Conozco a una muchacha fanática consumada de Dickens (como lo soy yo). Hablamos mucho siempre de él. Un día, después de revisarlo bien, descubro en nuestras cajas una primera edición de Dickens (1837). The Pickwick papers. Un día la veo pasar afuera, la llamo y la pongo en sus manos. Estuvo unos tres cuartos de hora tocándolo, revisándolo. Dio las gracias y se fue. Por cosas de la vida, leo en un blog un comentario de ella diciendo que fue una de las mejores experiencias de su vida ese momento. Eso es ser un librero. Quien no entienda eso que renuncie y que se vaya.

- Los libros se limpian, se huelen, se revisan, se ojean página a página. Lástima que lamerlos pueda ser mal visto y el sabor, supongo, desagradable.

- Dato pesimista: todo libro editado a partir del siglo XIX está hecho con papeles con químicos que le dan un rango de vida de 150 años nada más, momento en que se desintegrarán. ¡Léanlos!

- Tocar una edición del siglo XV del Decamerón. Ver sus marcas de agua, lo mágico del papel. Luego viajar a Florencia y palpar el aire. Solo así se entiendo todo.

- Abrir una edición fea por fuera y encontrarse un grabado de Juan Gris. Es una primera edición de Hemingway. ¿Sentiría él lo mismo al pescar un pez aguja en aguas de Florida?

- Confusión: Una vez, se presume, tuvimos una primera edición de Lolita, de Nabokov. Olympia press. No era la primera edición, pero un sentido lúdico de las cosas me invita a soñar que sí fue y que alguien se la llevó por 10 mil bolívares hace cuatro años. Brindo por ello.

- Limpiar libros de la biblioteca de Guzmán Blanco y de Briceño Iragorry o, recientemente, de Juan Rohl. Tener en tus manos libros que eran de Rafael Cadenas, Yolanda Pantin. Es como sentirse dueño de la Reserva Federal de los Estados Unidos.

- Si alguien llega, escucha el jazz que borbotea, toma un libro y se lo lee de cabo a rabo, ¿quién soy yo para impedirlo? Debo velar porque la música que suena siga el golpe que lleva su lectura, preferiblemente hablar muy mal de la película que va a ver (tiene el ticket en la mano) y esperar a que pase el tiempo, secretamente marque la página en que se quedó (perdió la película, pero igual tiene que irse ya) y esconda el libro. Sale. Tomo el libro y lo tapo con otro para que cuando vuelva no se lo lleven. En estos tiempos, hay que velar por la lectura de los otros.

- Mi primer encuentro: la primera edición de La casa de los Abila. Fue como una revelación. Descubrí la singularidad de cada libro.

- Un orden de lecturas: Rabelais, Defoe, Sterne, Dickens, Stevenson, Conrad, Lawrence, Miller.

- No debe irrespetarse nunca el interés de tantas mujeres por Anaís Nin, Virginia Wolf, Beauvoir, etc. Hay que estimularlo. Seremos los agradecidos.

- Secreto: todas las librerías están llenas de Francescas.

- Julio Garmendia es asiduo de El Buscón. La butaca del fondo es su sitio. Cuando la prestamos para una obra de teatro armó un zafarrancho tal que se dañaron dos lámparas, la impresora por un tiempo y se caían los libros a cada rato. El otro Garmendia, Salvador, los recogía por que es buena gente y sabe que recomiendo sus libros.

- Ser honesto: el libro de un autor amigo puede ser mejor que otro. Decírselo. La honestidad es la base de la relación entre el autor y quien vende sus libros.

- Siempre tuve rabia pues pensaba que Ramos Sucre no visitaba la librería. Me equivoqué. Él era el que escondía las cosas para que Katyna las buscara. Como diciéndole: no dejes de leerme por favor, de indagar en mis palabras. Los fantasmas también se enamoran.

- Rafael Cadenas es el mejor book dealer de este país. Cada semana pasa y lleva unos cinco libros. Pocos, pero cada semana. Revisa los que hay, a veces se lleva algo. Te recomienda cosas para que leas, te presta libros. Sabe lo que ofrece, porque revisa siempre lo que hay y no hay y nos lleva lo que falta. En el fondo, sabe que la gente necesita leer según los signos de los tiempos. Es un viejo que camina mucho, aún anda en autobús, tiene un sentido del humor maravilloso y sabe de béisbol como pocos. Tiene más de 70 años. ¿Saben lo que es hablar de libros todas las semanas, de poesía, con el mejor poeta de este país?


Ricardo Ramírez -(Colaborador)


Monday, October 20, 2008

Vértigo


Dayana Fraile -(07)

Las ovejas de Caín


El viejo remedio de contar ovejas cerró por última vez los ojos de Abel.

A duermevela, y bajo el cielo espigado, Caín contó hasta cinco y se durmió. Esa noche volvió a soñar con los rebaños de Abel. Soy demasiado envidioso, se dijo a sí mismo. Corrió entonces a la tienda de éste y, entre lágrimas y balbuceos, exclamó: ¡tú tan bueno, Abel, y yo tan ruin! Oh, hermano, siento tanta vergüenza de mí que ni siquiera puedo verte a los ojos. Esta noche, sin querer, soné que contaba ovejas. Las tuyas, Abel.

Caín cayó de rodillas. Abel lo abrazó y, entre alegres carcajadas, dijo: Si serás tonto, hermano. Si todos nos sacáramos los ojos por soñar con ovejas, o lo que sea, este mundo quedaría en tinieblas. Ayer mismo yo soñé que entraba a tu huerto y comía de tus limones y manzanas.

Justo en ese momento a Caín le hubiera gustado saber contar hasta cien, pero, como no sabía contar, leer ni escribir, se enojó tanto que mató a Abel. El viejo remedio de contar ovejas cerró por última vez los ojos de Abel.

A duermevela, y bajo el cielo espigado, Caín contó hasta cinco y se quedó dormido. Esa noche Caín volvió a soñar con los rebaños de Abel. Soy demasiado envidioso, se dijo a sí mismo. Corrió entonces a la tienda de éste y, entre lágrimas y balbuceos, dijo: ¡tú tan bueno, Abel, y yo tan ruin! Esta noche, sin querer, soñé que contaba ovejas y que eran las tuyas. Oh, hermano, siento tanta vergüenza de mí que ni siquiera puedo verte a los ojos.


Caín cayó de rodillas y Abel, entre carcajadas homéricas, lo abrazó y dijo: Si serás tonto, hermano. Si todos nos sacáramos los ojos por soñar con ovejas, o lo que sea, este mundo quedaría en tinieblas. Ayer mismo yo soñé que entraba a tu huerto y comía de tus limones y manzanas.

Justo en ese momento a Caín le hubiera gustado saber contar hasta diez, pero como no sabía contar, leer o escribir, se enojó tanto que mató a Abel.


Yoel Villa -(03)

Anarcochic: Banksy o el arte de una celebridad anónima


Pocas personas conocen su identidad. De él se ha dicho que ronda los 34 años, que viste al estilo hip-hop, que va siempre cubierto con una capucha y que suele salir a la calle disfrazado con sombreros, pelucas y barbas postizas para no ser reconocido. Así camuflado aparece en los videos en los que registra su obra, o sus “actos vandálicos”, como él mismo los llama. Banksy, es un outsider, y al mismo tiempo es un icono de la cultura callejera.

Entre sus temas preferidos, representaciones tamaño natural de seres oscuros y mediocres, ratas de gran tamaño que simbolizan la vida anónima y subterránea, así como figuras de autoridad en situaciones ridículas o atrevidas (soldados orinando en las esquinas, policías en contextos homosexuales o la Reina de Inglaterra en pleno acto sexual). En sus murales son frecuentes las imágenes bélicas, las ametralladoras y las armas de destrucción masiva, así como los íconos de la cultura de masas norteamericana (desde Ronald McDonald a Mickey Mouse). Sus mensajes son directos y reflexivos, desvergonzados en oportunidades. Muy poco recatados, siempre. En algún muro de la ciudad de Brighton dibujó una colegiala de la que emerge un corazón romántico mientras ataja un misil en el aire. En el libro “Banksy, Wall and Piece”, esta imagen va acompañada de la frase: “Requiere mucho coraje ponerse de pie en una democracia occidental y mencionar temas en los que nadie cree, como la paz y la justicia y la libertad”. En Disneylandia colocó un muñeco inflable a escala humana representando un preso de la cárcel de Guantánamo. En el Muro de la Segregación en Palestina dibujó escaleras, ventanas, cielos abiertos poblados de nubes y niños que escapan por los aires con la ayuda de globos.


Sus locaciones predilectas, muros metropolitanos, postes, pancartas publicitarias y espacios políticamente significativos. Además, a la hora de elegir lugares para trabajar privilegia los puntos turísticos por excelencia, esos que los viajeros suelen elegir para tomarse una fotografía de recuerdo (los alrededores de la Torre Eiffel, del Teatro de la Opera o del Big Ben), y que una vez “decorados” por el artista, pierden todo su encanto ante los ojos de sus visitantes. Así es el sentido del humor de esta celebridad anónima.

Por supuesto, las críticas a su trabajo pasan por la consideración del graffiti como vandálico (como si para Banksy el término fuese un insulto), como reflejo de la violencia citadina e incluso como incitador de ésta. Banksy ha advertido: “Quienes verdaderamente dañan nuestros vecindarios son las compañías que despliegan slogans gigantes en edificios y autobuses en su intento por hacernos sentir inadecuados a menos que compremos lo que venden. Ellos nos gritan el mensaje en la cara y esperan que no respondamos; ellos comenzaron la pelea. Y la pared es el arma perfecta para defendernos”.

Pero hay más. Banksy también se expresa muros adentro. Disfrazado y con los minutos contados, ha incorporado furtivamente a los museos más famosos del mundo desde versiones vandalizadas de pinturas clásicas y restos arqueológicos, hasta ejemplares de especies biológicas inexistentes. Una vez instaladas, sus obras han permanecido intactas durante horas, días y semanas. “Si quieres sobrevivir como graffitero, cuando creas tu arte puertas adentro tienes una única opción: continuar pintando sobre cosas o piezas que no te pertenecen”, dice.

Pero el fenómeno artístico mismo no se salva de sus satíricos ataques. Sea puertas adentro o en ambientes exteriores, confronta al espectador con la reflexión. Para Bansky, el arte es el único elemento cultural cuyo éxito no es generado por la audiencia. “El arte que apreciamos en los museos es generado por un pequeño grupo de personas que lo crea, lo promueve, lo compra, lo exhibe y decide su suerte y su éxito. Cuando vas a una galería eres simplemente un turista mirando el gabinete de trofeos de unos pocos millonarios”. Una postura irónica y contradictoria, si se considera que son esos mismos coleccionistas (entre los que se cuentan celebridades de Hollywood como Brad Pitt y Christina Aguilera) e instituciones millonarias, sus primeros compradores.

En febrero de 2007 Sotheby's vendió tres obras suyas de las cuales la titulada “Bombing Little England” (Bombardeando el pequeño Londres) batió su record personal al alcanzar las 102.000 libras (134.000 euros). Una marca que duró poco. Apenas en abril de ese mismo año su obra “Space Girl & Bird” (Muchacha espacial y pájaro) alcanzó en Bonhams, otra casa de subastas de la capital británica, las 288.000 libras (378.000 euros). Actualmente sesenta de sus obras comparten el mismo techo con cuadros de Picasso y Matisse en la Galería Andipa en Londres. "El arte callejero se está convirtiendo en el nuevo pop art", ha dicho el director de esta galería: “El buen arte contemporáneo refleja la sociedad en que vivimos. Y quién refleja nuestra cultura urbana y el mundo actual mejor que el arte de la calle y artistas como Banksy?”. En efecto, el artista ha sido comparado nada más y nada menos que con Andy Warhol, por representar la vanguardia de un movimiento tan popular como el del graffiti y por la manera en que manipula iconos de la historia del arte y de la cultura pop.



En tanto, una fuerte polémica ha despertado la contradicción entre su mensaje político y subversivo, anticapitalista y de protesta, y la mercantilización de su obra, que lo integra a la maquinaria social y económica que critica. En efecto, Banksy, quien no sólo vende su trabajo a galerías privadas sino que trabaja cobrando para organizaciones benéficas como Greenpeace y para empresas como Puma y MTV, es tildado de “vendido” por otros artistas y activistas.

Así, su carrera artística es inseparable de la polémica que muy intencionalmente genera. Tres cosas pueden ocurrir con la obra anárquica y chic de este inglés sin rostro: es posible que pronto desaparezcan de las calles sus graffiti, pues el propietario de las paredes pintadas o quien primero los encuentre se apoderará de ellos para subastarlos (algo que ya ha ocurrido en Londres). También es posible que el graffitero británico deje de firmar sus trabajos para volver a la seguridad que le ha brindado el anonimato y sobrevivir como outsider, caso en el cual deberá despedirse de los ingresos millonarios que hoy lo benefician. De lo contrario, deberá hacer las paces con el orden social y económico que durante los últimos veinte años ha criticado, con lo que la esencia misma de su obra continuará desarrollándose bajo la sombra de la contradicción. Una cosa es segura: la vida clandestina y misteriosa parece agotársele.

Nota: Este artículo fue publicado en junio de 2008 en la sección Extravagario de la revista Exceso (n. 219). Desde entonces, la burbuja alrededor de la identidad de Banksy fue pinchada: ojos indiscretos se han dedicado a reconstruir una historia probable, a rastrear fotografías escolares, entrevistar familiares y compañeros de habitación de un tal Robert Gunningham. Para nosotros sigue siendo Banksy, un artista callejero que tiene qué decir, y que sabe cómo y dónde hacerlo.


Keila Vall de la Ville -(25, 30)


Íntimo, el espejo I y III



Íntimo, el espejo (I)

A Jeffry (y a Freddy)

mejor el crimen,
los amantes suicidas, el incesto
de los hermanos como dos espejos
enamorados de su semejanza.
Octavio Paz, Piedra de sol

Estoy haciendo el amor
con el espejo donde te reflejas.
Estoy haciendo el amor
con el reflejo donde te proyectas.

Siento las esquinas puntiagudas
tratando de no herir mi cuerpo.
Pero hay un dolor fuerte
de una piel tersa que se está
rajando

con tu reflejo,
con tus superficies.

Hay un dolor inevitable
del material de espejo

duro

irrumpiendo en lo más vulnerable.


Y la sangre brotando hacia adentro.

Y el goteo de tu imagen.





Íntimo, el espejo (III)

A mi anatema preferido



No sé tú, pero personalmente
yo no duermo con fantasmas.

Es cierto, lo hago con mitos…
donde tú tampoco estás.
(Excepto el tú que me pertenece, para mi deleite,
cuando me contemplo sola, como los espantos).

Y debo confesar que tocar la fábula
me desbarata.
Tal vez como premonición del encuentro verdadero…

(Abrazar una ausencia puede desangrar al fantasma más inerte).

Aunque a ti
te permita, justamente, espejear… en el momento preciso
en que yo creo que sucedes.

Sin embargo no deja de doler que me traspases en vano,
que ni siquiera beses las cenizas flotando,
o al menos esa porción legendaria de mí que es siempre tuya.

Y duele el sarcófago. Hiere.
La cama embrujada cede.
Sobre todo porque yo
(la yo sensible, palpable, sangrante)

sí estaba bajo las sábanas,
intentando hacerte el amor...

sin sospecharse fantasma.



Graciela Yañéz Vicentini -[Colaboradora]

Antenas (Fragmento)



Daniel vivía con una tía soltera en un apartamento diminuto que estaba en la planta baja de un edificio muy viejo, de los que tienen tres o cuatro pisos y que no tienen ascensor. La sala estaba invadida por helechos de varios tamaños. La tía de Daniel los regaba y cuidaba celosamente. Entre los materos y las bolsas de tierra y abono se paseaba un morrocoy.
–Se llama Goliá –dijo Daniel.
–Goliat –repetí haciendo énfasis en la t al final.
–No, no, no. Goliá y punto.
Me gustaba la casa de Daniel. Todos los muebles eran tan viejos como el edificio. En un rincón había un picó y junto a él un par de guacales rellenos con discos de 45 revoluciones. Según la tía de Daniel, el picó todavía funcionaba y de vez en cuando lo prendía para poner sus discos favoritos; pero cuando dijo eso, Daniel se le puso detrás e hizo muecas de que estaba loca y de que me estaba cayendo a embustes.

Recuerdo que cuando entré por primera vez, todo el apartamento olía a albahaca. Ese día comimos espaguetis con albóndigas que preparó la tía de Daniel. Antes de comer, nos hizo juntar las manos para dar las gracias al señor. Daniel eructó como un cosaco a mitad de oración. La tía interrumpió su rezo y Daniel comenzó a comer sin decir amén. Se chupó un espagueti entero haciendo un ruido muy desagradable y lo masticó con la boca abierta. La tía se molestó tanto que se levantó sin decir nada y terminó almorzando sola en la mesa de la cocina. Después de que terminamos de comer, Daniel tiró su plato y el mío en el fregadero. Me ofrecí a lavarlos pero me dijo que su tía lo hacía. Así que nos fuimos directo a resolver los ejercicios de matemática.
Daniel no era tan tapado como pensaba. En dado caso, era flojo. Prefería que yo hiciera todo el trabajo mientras él se preocupaba porque su lápiz estuviera bien afilado. Temí que si le decía algo que lo molestara, me apuñalara ahí mismo.
Después de que terminamos, mejor dicho, terminé los ejercicios; nos fuimos a la azotea.

Desde la azotea se veía la Avenida Nueva Granada y el cerro de La Bandera al que le dicen La Torre porque en la cima de la montaña hay una torre eléctrica que ya no sirve. Empezaba a oscurecer y las ráfagas de viento nos hacían pasar un poco de frío.
–Toma –dijo de pronto Daniel ofreciéndome una botella de Canelita–. Para el frío.
Le arrebaté dos tragos a la botella y sentí que se me quemaba la garganta. Nos quedamos viendo las luces del cerro que se prendían una a una. En menos de diez minutos la montaña entera se iluminó con punticos blancos.
–Una constelación marginal –dijo Daniel y me pareció que estaba borracho, pero la verdad es que la frase venía con una sabiduría muy sobria y muy extraña.
Luego nos dedicamos a ver los autobuses en El Terminal. Autobuses llegaban, autobuses se iban. La vida era puro viajar, excepto para nosotros. Igual llegaba gente y pasamos un buen rato tratando de acertarle gargajos a alguien. Pasó una vieja obesa con dos maletones en cada mano y un morral a la espalda. El que le diera en la cabeza obtenía diez puntos. El que le diera en los hombros o en el pecho obtenía cinco. Los brazos valían dos y las piernas y pies sólo uno. Era un blanco grande que se movía muy lento y pensábamos que de seguro le íbamos a pegar sus buenos gargajazos, pero la Canelita nos secó la boca y terminamos el juego empatados a cero.
Daniel me indicó que lo siguiera. Me llevó hasta un extremo de la azotea en cuyo borde estaba atornillado el tope de una chimenea de metal que ascendía desde una panadería que quedaba en la planta baja. De la boca de la chimenea salía un aire cálido con olor a pan dulce. Daniel puso las manos frente a la boca de la chimenea y comenzó a frotárselas.
–Pon las manos aquí –me dijo–. No está tan caliente.
Puse mis manos al calor de la chimenea. Era un vapor agradable, un humo caramelizado que dejaba las manos pegostosas.
–Dame cancha –dijo Daniel dándome un empujón.
Me hice a un lado. Él se abrió la bragueta y se bajó los pantalones hasta los tobillos. Se colocó frente a la boca de la chimenea.
–¿Qué haces? –le pregunté pensando que me iba a salir con una mariconada.
–Cambiándole el agua al canario.
Comenzó reírse como un maniático. Escuché un lejano ruido metálico, como cuando las gotas de lluvia se estrellan contra los techos de zinc. Al terminar, se subió de nuevo los pantalones y me hizo señas de que lo imitara.
–Dale. Allá abajo no se dan cuenta –dijo.
Me coloqué frente a la boca de la chimenea y sentí que se me calentaba la barriga. Me desabotoné el pantalón, me bajé el interior hasta la mitad y me agarré el pipí con las dos manos. Apunté justo al centro del agujero. El vapor dulce me entibiaba los testículos y se sentía muy bien. Los vellos se me arremolinaban en torno a la ingle y me provocaba cosquillas.
–Mea, pues –me apuró Daniel.
Sentía que me estaban viendo desde algún apartamento pero no tenía ni miedo ni vergüenza, sólo una vaga sensación de remordimiento.
–No me sale –dije reprimiendo una carcajada.
–Mea, muchacho marico –insistió Daniel. Se puso de espaldas a mí y silbó una canción que no identifiqué.
Arrugué los ojos y eché la cabeza hacia atrás. Apreté las nalgas. De pronto sentí bullir, como si surgiera desde mis pies, un enérgico chorro de orine. Me sentía como un volcán en erupción. El olor a pan dulce se hacía cada vez más intenso a medida que invadía mis fosas nasales. Me sorprendí abriendo los ojos con la cabeza aún inclinada hacia atrás, riendo a pulmón suelto y alucinando que las estrellas que comenzaban a insinuarse muy en lo alto se parecían a los bombillos del cerro y que se prendían y se apagaban intermitentemente.


Miguel Hidalgo Prince -(1984)

Una extraña declaración de amor


Probablemente pienses que esta sea
una extraña declaración de amor,
pero te encuentro a cada rato en la cocina,
entre las ollas, las salsas y el fogón.

Hoy canto por ti con alegría
entre los platos sucios y el escobillón
bajo el chorro tibio de la grifería
flotando en las burbujas de jabón.

Ven y dame un poquitico de tu vida
ven y toma una pizca de sazón
ven y dame margaritas y comida
ven y toma la chispa pa’l carbón

Un amor con pasión y chocolate
un amor con jugo de limón
un amor con salsa de tomate,
con queso, mantequilla y mostaza de dijón

Pásame la sal y la pimienta
mira que hoy mi vida está de fiesta
Vamos a encender la llama eterna
que ya no necesito la linterna

¿Oyes el silbar de los calderos?
Todo en la cocina ya está hirviendo
Deja el tenedor y los cuchillos,
Lléname de dulce de membrillo.

Ya no busques más en la alacena
Hoy yo soy el postre de tu cena.
Fresa, mandarina o melocotón
Ven, escoge el sabor de tu condón.

Probablemente pienses que esta sea
una extraña declaración de amor



Linsabel Noguera -(Colaboradora)

El profesor Seco & Rafaela


El profesor Seco


Las manías son tan variadas como los códigos genéticos. Algunas tienden a ser lo suficientemente bizarras para sospechar en el individuo que las perpetra un halito demencial. Es el caso del señor Gustavo Seco que, durante los años vividos, padecidos y, de algún modo, perpetrados en el apartamento A-3 de Bloque 4, registró con su grabadora todas las reuniones de condominio, conversaciones eventuales en la vereda, en el estacionamiento, en las escaleras de Bloque 4. Registró con su grabadora conversaciones acodado en la repisa de los balcones, arremangado a la cerca del parque, en los bancos de cemento o madera del parque, en la caminería. Su peregrinar de cinco años fue, al mismo tiempo, nutrir los anaqueles de su habitación con una alimentada biblioteca conversacional que archivó con rigurosidad taxonómica. Un diario íntimo de sus conversaciones. Seco era profesor de bachillerato y se peinaba con gomina, ya en estos tiempos escasa.

Por tres gruesas horas, el olor a descomposición sorprendió los olfatos de los vecinos de la Letra A durante el mediodía de un sábado. Cuando se percataron que el único de los residentes que faltaba por reportar su queja era el señor Seco y que su Sierra estaba estacionado en su puesto habitual, sospecharon que algo andaba mal: la pestilencia ya no era a comida descompuesta, sino a órganos humanos en descomposición. Entre Pulusa, El Psicólogo de Bloque 4 y los poderes mentales de Rafaela forzaron la puerta luego de varios intentos para comunicarse con él. Seco era flaco y alto, y con un tic nervioso en el ojo izquierdo que lo hacía parpadear compulsivamente. El hemisferio derecho de sus bigotes tenía una proporción de quince canas por cada cien vellos.
El cuerpo de Seco fue hallado sin vida. Todos, aunque negaran con falsas miradas y excusas sin convicción, querían ver el tétrico espectáculo del A-3, así las náuseas complicaran la soltura en el caminar y malabarismos intestinales. A un lado de la cama, había un carnaval de hojas de exámenes, al otro, un carnaval de botellas de diversas marcas y porcentajes alcohólicos que, a primera vista, se confundía con la vitrina de un botiquín o con una exposición etílica que le daba la vuelta al sambódromo. Del otro lado, una pared forrada completamente de cassettes y, en todo el medio, el reproductor encendido reverberaba como una boca cuya dentadura era un armazón de láminas de aluminio y teclas. Rafaela, instintivamente, dijo: Esto parece la emisora radial del infierno. Extendió el brazo y pulsó el botón play.
Se escuchó la voz del señor Alfredo Troconis llevando la batuta. Algo distorsionada por el forzado desplazamiento de la cinta a través de los conductos mecánicos del reproductor. Al parecer, fue la última reunión del condominio cuya asistencia llegó a las ocho personas.
Pulusa que, por su reacción, pareció más asqueado por las palabras que brotaban de las cornetas que por el espectáculo dantesco, hundió su dedo en el botón stop y la voz del administrador, la odiada voz del administrador, se apagó en seco. Seco, cada vez que los Leones ganaban, ponía a todo volumen el Himno, y fue el estribillo patrio lo que comenzó a reverberar. Y fue un llamado desde las entrañas del aire, porque hasta ese momento ningún vecino había visto alguna: comenzaron a revolotear escuadrones de moscas en el cuarto. La invasión aérea se agudizó en el coro y fue imposible la permanencia en aquella habitación sin ser salpicado por cientos de puntos negros voladores a la vez.
Seco se abotonaba la camisa hasta dejar libre los dos últimos botones de arriba.


Rafaela


Después de pulsar el botón play, Rafaela parecía la única imperturbable. El resto de los vecinos, estaban desorientados. Rafaela, desde pequeña, tuvo una cápsula que la cubría de las emociones y asombros. Los médicos que trataron de indagar sobre el misterio de su carácter ígneo, sospecharon la ausencia de una hormona, o de un cromosoma, o, en fin, la ausencia de un elemento genético fundamental para las reacciones de este tipo.

Rafaela pasaba casi todo su tiempo pintando. Cuando no lo hacía, se dedicaba a imaginar próximas creaciones. En sus cincuenta años de vida, ha tenido dos ataques catalépticos. Casi una metáfora de su personalidad: simulacros de una muerte sin antecedentes. Rafaela pintaba vírgenes. Vírgenes con sus palmas juntas, rezando. Vírgenes con sus palmas juntas, agachadas. Vírgenes sentadas, de rodillas, volando, o elevándose con ángeles; vírgenes en las montañas, en los ríos, en la lluvia, dentro de una gota de lluvia; en el mar, construyendo castillos de corales subacuáticos. Vírgenes negras, vírgenes blancas con sus palmas escondidas, trigueñas, andinas y orientales. En el silencio de Rafaela se indagaba una promesa por sus resurrecciones. La diversidad racial y costumbrista de su panteón beatífico le daba a su obra la heterogeneidad que siempre escaseó en los vitrales de las iglesias.
Rafaela, diez años atrás, se ganaba la vida leyendo el porvenir de las personas en sus propias cédulas de identidad. La atmósfera burocrática y laminada del futuro se manejaban con soltura de verbo y veracidad en esta mujer que, para ese entonces, pisaba los cuarenta. Dígitos de siete y ocho cifras bastaban para diagramarle a sus clientes los futuros posibles. Rafaela se negaba a leer cédulas vencidas, argumentando que traían mala suerte, tanto para el propietario del documento como para ella.
Rafaela abandonó el apartamento A-3. Sin mediar palabras con los vecinos apurruñados como en un vagón fúnebre, cruzó el rellano que las separaba de su apartamento. Se hizo un arroz a la cubana. Destapó una botella de Frescolita y sacó de un anaquel un paquete de galletas Newton, ya por la mitad. En mitad de un bocado y otro, se detuvo a pensar en la señora de su vecino. Ésta andaba de viaje y llegaría mañana, a cualquier hora del domingo. No dudaba que ella misma era la única en poseer el teléfono de la señora Seco, pues ella no era una mujer muy sociable. Era profesora de educación Artística en bachillerato y, aunado a esto, la cercanía geográfica de sus apartamentos, había facilitado la tenue amistad. Una mosca. Dos y tres más, empezaron a revolotear por la mesa. Rafaela, en el aletear de los insectos, reconoció en ellos su más reciente destino turístico y que el olor a huevo y arroz les apetecían más que los brebajes alcohólicos de la muerte.
Después de almorzar, Rafaela buscó su agenda. La llevó a las manos de Navarro. Qué palabras utilizar, fue la traducción del silencio colectivo de los vecinos que, en la vereda, recordaban una congregación de pascuas. A todo el que pasaba le informaban lo ocurrido con el tono de una agencia de noticias especializada en necrologías. Si hubo un momento en la historia de Bloque 4 en que los vecinos de la Letra A estuvieron cerca de ser un coro griego, fue en ése. Nunca antes, habían compartido una actividad en común. El hecho tétrico los seducía y los llevaba a compartir más, a abrazarse como excusa de quienes nunca se han, ni siquiera, dado un beso de saludo en la mejilla.
A todos le informaban, con exactitud, de lo atestiguado con la vista amaestrada para captar detalles: la marca de la botella a medias bebida, cuántas moscas planeaban y cuántas sobre el cuerpo de Seco, el promedio de notas de los exámenes que corregía el desgraciado. A la media hora, con la capacidad que tiene una historia de ir de una persona a otra y metamorfosearse, todo Bloque 4 tenía una versión oficial que variaba de Letra a Letra. Por ejemplo, en la Letra D, el señor Seco había muerto envenenado. En la C, se había suicidado (que no era descartable). En la G, se presumía asesinato por venganza. Y en la E, aún estaba presente la muerte de las hermanastras Torrealba, por lo tanto, era casi la misma versión de la G. Pero, comunicarse con su esposa, ya viuda sin saberlo, era algo diferente. No se trataba de una noticia transformada en chisme. Buscar a un familiar no tan cercano para que éste se encargara era lo más loable. El olor a podredumbre a las cuatro de la tarde se había acentuado. Urgía hacer la llamada. Unas horas más y el apartamento iba a ser el cuartel general de las moscas de Coche. Navarro sacó su celular del bolsillo, y marcó la docena de dígitos. Sonó una. Sonó dos. Sonó tres, cuatro, siete veces y dos llamada más. Y otras tres. En la cuarta ocasión, la voz programada de una operadora en otra especie de informaciones, las secas, las objetivas sin miramientos, las robóticas que carecen de humanidad de tono, dijo que el teléfono estaba fuera de cobertura y que podía intentar más tarde. Luego de agradecer por usar el servicio de telefonía a distancia, surgió de la nada, en la nada del teléfono, la voz de la señora Seco, invitando a dejar su mensaje después del pitido. Navarro canceló la llamada. El señor Luis, del A-1, dijo que, de seguro, dentro del apartamento, había una agenda con los teléfonos de las amistades de los Seco. Gerardo, del A-7, dijo con impertinencia que los teléfonos de las amistades de los Seco seguro estaban anotados en una sola hoja, para qué iban a tener una agenda. Nadie, obviamente, hubiera ignorado e, incluso, reprochado el comentario de Luis en otra situación. Bueno, no nos queda otra, dijo Navarro, a ver, quiénes entramos y resolvemos esto de una buena vez.
Navarro no había terminado de hablar cuando Rafaela, casi moviéndose como un zombie, se dirigió a la entrada. ¡Bueno –exclamó Navarro– allá va la valiente Rafaela!, sé que ella podrá, sin la ayuda de nadie, encontrar la agenda. Ella y la señora Seco son mejores amigas.
Pasaron veinte minutos y Rafaela aún no bajaba con teléfono alguno. Treinta. Cuarenta minutos. Voy a ir llamando a una funeraria mientras tanto, dijo Luis. Mejor subamos, sabes cómo es Rafaela, dijo Navarro, llevándose su dedo índice a la sien para indicar cierto grado de locura.
De pronto, se escuchó desde el cuarto del occiso, el sonido de una conversación entre Navarro y Seco: En esta mierda de bloque a nadie le gusta trabajar, dice Navarro. Tienes razón, aquí todos son unos zagaletones que quieren que todo se los dé el gobierno, dice Seco. Muy cierto, no pueden ver una repartidera de algo, dice Navarro.
Los vecinos subieron envalentonados con una tropa de bomberos solicitada por algún otro vecino bloquecuatreño.
Cuando entraron al A-3, vieron a Rafaela con sus instrumentos artísticos, su atril, sus paletas, sus acuarelas, su delantal, sus pinceles y su talento retratando la imagen del señor Seco en brazos de una virgen, una virgen asiática con un reproductor portátil de la misma marca que el equipo de sonido.


Mario Morenza -(11)


Dos Evas


por la palabra sexo encadenadas
liban el sahumerio del cuerpo

carnada y anzuelo a su vez
una es el otro

sus flores engullen los hilos de la mano
un alfabeto extenuado de vapor trazan

las espío a través de uno de sus ombligos
hasta que las plegarias ya no son necesarias



Alberto Bueno Rangel -(Colaborador)

Juan Francisco de León: Primer outsider latinoamericano del XVIII


En la Tucacas de hoy en día, de la primera década de siglo XXI, uno todavía no se sorprende al participar del contrabando y comprar el codiciado queso holandés o el whisky tan escocés, no en una tienda, sino en las manos de un chamito, hijo de pescador en el mejor de los casos, en una calle cualquiera del pueblo, sin aceras y llena de tierra y arena: callejuelas aún coloniales. Cuatro siglos atrás, en cualquier puerto o pueblo del interior venezolano había como mínimo una tienda que expendía mercadería de contrabando. Red ampliamente abastecida por holandeses e ingleses que comerciaban a su merced, pese a los exhaustivos esfuerzos de combatirlo por parte de los vizcaínos de la Compañía Guipozcuana por más de cincuenta años en pleno siglo XVIII. Los consumidores en esas tiendas eran de todas las clases sociales, literalmente de todas y cada una: desde los grandes cacaos a miembros de la iglesia (claro siempre mandarían a los subalternos a comprar) y el común ciudadano de a pie, del pueblo llano como se decía en aquella época, quien sí se presentaba a comprar en persona. Hay que decirlo sin ambages: nuestra idiosincrasia o alma nacional está fundada en el principio quizás caribeño y muy humano de la múltiple moral. Todo comienza por la tenencia del oro y la plata, tan escasos en tierras venezolanas, que recién logran convertirse en Capitanía General en 1777, pero nunca en virreinato; ya que no poseíamos el requisito sine qua non para cualquier virreinato: proveer a la península de oro y de plata sin intercambio, gratis. Por los cronistas sabemos que luego de las perlas, abundantes pero finitas, fuimos tierra de nadie, baldía y de poco valor comercial hasta que se consiguió el oro marrón y dulce, no negro: el cacao. Una sociedad que a partir de entonces se basó no sólo en la exportación sino en el consumo –hasta dos veces al día per cápita– del precioso chocolate; este gusto no dio un placer en el paladar solamente, también deleitó al apetito monetario de nuestros mantuanos, quienes disponían a su antojo las reglas de comercio, precios inclusive, lo que en muy poco tiempo desplazó en importancia al emblemático tabaco, y proveyó a esta casta de abundante oro y plata además de su mote de grandes cacaos (¿sería por latifundistas o por tener las arcas repletas de los preciosos metales?). Tanto fue el éxito comercial de esta casta, que la Corona no tardó en reaccionar: creación de la Compañía manejada por vizcaínos en 1728, cuando ya el cacao era formalmente una industria nacional.


Cualquier español peninsular de hoy en día al escucharnos hablar nos dice que somos canarios, seguramente de Tenerife: esto hasta puede parecernos simpático y gracias a Dios porque se hará más fácil tener el pasaporte de la comunidad europea… En el dieciocho venezolano, los isleños no estaban de acuerdo con que los vizcaínos, de un día para otro, monopolizaran el tráfico del oro marrón y pusieran los precios a su antojo. Tenían razón: bastantes fanegas habían sido cargadas en los navíos durante los últimos cien años para que isleños o locales aceptaran tal imposición de uno de los compradores, además nuevos en el negocio. Sin importar el dato estadístico por fanegas, toneladas, o fluctuación de precios por décadas, el cacao era en efecto producto intercambiable del dieciocho y los holandeses e ingleses estaban perfectamente concientes de ello. Los vascos tasaban a su antojo y de paso pretendían un intercambio desigual en géneros no en dinero: pésimo negocio; tan riguroso y desigual control condujo a un contrabando feroz e indómito que nos arroja al año bisagra de 1749. Diez años habían transcurrido entonces de la guerra de España con los ingleses, mientras que el contrabando ya era imparable por los vizcaínos y por cualquiera: no era un secreto que los peninsulares tenían incluso dificultades para proveer a la provincia de los productos de primera necesidad. Terreno propicio para que los holandeses los sustituyeran y nuestros comerciantes (isleños y locales) hicieran negocios a diestra y siniestra, muy a pesar de la Corona. Terreno propicio también para que Juan Francisco de León se dedicara en los tres años siguientes a encabezar una insurrección de carácter nacional donde se reclaman los derechos comerciales de la provincia. Un acto de insubordinación impensable en cualquiera de los otros planos: religioso, militar o ideológico. Este sublevado contó con el total apoyo de mantuanos, cabildos, miembros de la iglesia y del pueblo llano: las armas vinieron del Caribe; los mestizos y los negros libres engrosaron sus filas de insurrectos. Los ingleses y holandeses felices porque los de la Compañía no vigilaron ni combatieron en absoluto el contrabando durante esos tres años. No sólo la violencia de las armas en la insubordinación, sino reforzada sobre todo con carácter de legalidad en el cabildo de Caracas de 1750, donde de León recibe el apoyo incondicional de otras principales personas y levantan un expediente en contra de la Compañía Guipozcuana, acto cívico sin precedentes: fue un golpe más legal que militar para el imperio.
No obstante, la Compañía desaparecerá apenas treinta y tres años después, y también sabemos que los mantuanos (quizás algunos nuevos ricos en el diecisiete, pero ahora todos viejos ricos y de alcurnia en el dieciocho) no van a renunciar a sus derechos nobiliarios y menos echarle esa vaina a la Corona, por lo que el bueno de Juan Francisco terminará, como predicador en el desierto sin oro ni plata a la deriva en el Orinoco, hasta que se sofoque por completo la revuelta en 1752. En este sentido, sabemos que tanto canarios como mantuanos aceptarán con beneplácito un sexto del importe de cada barco que por edicto real les concede la Corona a partir de 1759; esa gente noble y seria, que mediante sus funcionarios radicados en Venezuela, seguro les harían un guiño para que siguieran en menor grado comerciando también con los holandeses. Toda esta múltiple moral hasta que apareciera el cacao de Guayaquil y destronara la hegemonía del cacao venezolano; de ahí al café y posteriormente al oro negro, excremento del diablo. En todo caso, siempre una provincia de doble moral, pero de un solo producto y de una sola exportación a la vez; hoy en día nada tan grave en un escenario globalizado donde a juro tienes que comprar y vender como nación. Mono-productores y mono-exportadores, pero multimorales: dentro de esa multimoralidad bien encaja el “Manifiesto de Cartagena” de Bolívar como diagnóstico sociológico de la primera República, pero quizás menos afín al contexto de autores como Rodríguez y Bello, quienes junto a otros ilustrísimos venezolanos traducían lo más excelso de la literatura y del pensamiento político del acontecer mundial, nada menos, aparte de realizar verdaderos esfuerzos por hacer copias manuscritas de sus traducciones accesibles al vulgo, aunado al altruismo de catedráticos donantes de sus libros personales para la mayor divulgación posible del libre pensamiento. Sin embargo, los idearios de la emancipación nos petrifican como ese recuerdo a veces marmóreo de don Andrés Bello, al pretender fundar a la República sobre los más profundos valores universales, ante una realidad tan mutimoral, y que acaso se conecte más con el sentido tan práctico y comercial de don Francisco de Miranda, quien vende a América como mercado potencial donde habitaban quince veces más personas que en España. Hoy, Eduardo Galeano acota las noventa veces más población en África que en la Portugal conquistadora. Nosotros quizás podemos optar entonces por pensar a Venezuela como zaguán de América, territorio multimoral, y entonces pensemos:

¿qué es lo que puede fundarse sobre esa tierra de tantos colores, sabores y productos? No en balde Miranda, mercadeaba al canal de Panamá como puente de paso entre dos océanos, mientras que Bolívar hacia lo mismo con Venezuela como puerta de entrada de la América hasta sus más remotos confines andinos. Por ello, acaso la multimoralidad pueda ser una de las mejores razones que explique a Venezuela como perfecto caldo de cultivo para la insurrección de todo el continente sudamericano en ese abril de 1810, gracias también a la poca institucionalidad y como provincia menos influida por el poder hegemónico del imperio español: el Caribe como único territorio posible para tal atrevimiento e irreverencia, Venezuela como base y no punta, de ese iceberg: la patagonia en el norte de ese iceberg, Venezuela y su costa caribeña en el sur.



Pedro Elías Martí -(colaborador)


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A Chapita


No recuerdo la primera vez que lo vi, pero sí el día en que empezó a ser alguien en mi vida. Antes de ese día, era un adorno más de la universidad, uno, no muy agraciado, es cierto, pero más vivo que otros tantos estéticamente más atractivos. Después de ese momento en el que él empezó a ser parte de mis días, lo veía diferente. Estoy segura de que antes de verlo esta primera vez lo había visto muchas veces sin darme cuenta. Esta vez de la que hablo, él se encargó de que lo viera, para que, luego, ya no pudiera dejar de hacerlo. Cuando pasaba días sin encontrarlo por ahí, me preguntaba por él, cuando lo veía golpeado, me sentía mal y siempre que pensaba en él, aunque me dé un poco de pena confesarlo, sentía deseos de invitarlo a mi casa y cocinar para él. Los pocos amigos a quienes les comenté este deseo me vieron angustiados. Me hicieron prometer que no lo haría. Pero si no lo hice, no fue por ellos, sino por tonta. Ya nunca cocinaré para él, ni me callaré para oírlo hablar de su vida (secretamente, era eso lo que quería hacer: callarme para oírlo hablar). Pero nada, ahora que ya no adorna, ni distrae a los que pasamos cada día por su banquito, no me queda sino recordar aquel día en el que empezó a existir para mí. Era un lunes, lo recuerdo bien. Iba tarde para mi clase de las siete, así que corría. Estaba en primer año, ¡cuánto tiempo ha pasado! Corría por la placita, esa que queda cerca del Farmatodo de Valle Abajo, donde está una estatua de un hombre con un perrito. Corría sin ver a los lados, pensando en que de nuevo me había quedado dormida, en que si no me apuraba pasarían la lista y me pondrían inasistente. Lingüística I, la única materia a la que no podía faltar -llegar tarde era, a los efectos, lo mismo-, con sólo 8 inasistencias se perdía el año. En eso pensaba, molesta además con la idea de ver la cara de la profesora hablando de Obediente y Quilis. Entonces, de la nada, oí que me decían "¡Corre, corre! Llegarás tarde y perderás la materia por inasistencias". Justo lo que yo pensaba. Me detuve en seco y miré extrañada a aquel espía. Me asusté un poco, más que un poco, tal vez, pero no era para menos: ese hombre alto, borracho, sucio y golpeado, había leído mis pensamientos. Me quedé viéndolo por unos segundos y entonces él me sonrío. "Corre", me dijo de nuevo. "Gracias", le dije yo, aún sorprendida, antes de seguir mi camino. Fue extraño como entró en mi vida universitaria (y no-universitaria), espiando mis pensamientos, sonriéndome. Ese día empecé a preguntar por él y a saber de él. A partir de ese lunes empecé a saludarlo. Esa mañana, en la que él escuchó mis pensamientos, dejó de ser ese adorno feucho de mi universidad para convertirse en esa persona que me falta cada vez que paso por su banquito, esa persona a quien extraño, a quien, si bien una vez le regalé dos cambures, nunca invité a comer.


Elisa Nárvaez -(colaboradora)

Anecdotario dermatológico


I.- El impétigo ampollar

No lo recuerdo. Tendría un año de edad cuando apareció en la parte frontal de mi muslo izquierdo. Dicen que me rascaba la pierna como si quisiera hacer una expedición hasta mi fémur, pero tampoco tengo registros de semejante escozor.

A falta de un manual sobre cómo afrontar con serenidad los vaivenes de la salud infantil, mi mamá vigilaba la evolución de las ampollas con la minuciosidad de un relojero suizo y las veía desarrollarse en mi piel, temiendo, como es común entre las primerizas, tener que enfrentarse a problemas más trascendentes que una vulgar pañalitis. Mi papá, tal como el hombre del libro Mi Jardín, fumaba su pipa sentado en el sofá de la sala con sus alpargatas y su bigote de caudillo. Para él, esa pendejadita de la pierna eran vainas de muchachos y se me iba a quitar de un momento para otro, sin necesidad de pedirle auxilio a matasanos peseteros ni de estarme untando ninguna pomadita yanqui.

Tras unos días de espera no hubo señales de que la erupción empeorara, pero, a falta de mejorías, mi mamá me llevó a consulta con un especialista que juraba devolverle a la piel de sus pacientes el aspecto saludable que todos merecían. En la cita, luego de una inspección mediocre, el individuo de sonrisa sospechosa, de cuyo cuello colgaba un injustificado estetoscopio, sugirió tomar una muestra de las ampollas para su posterior estudio, y puso a cargo de la tarea a la más incompetente enfermera que pudo haber encontrado dentro de la clínica: una recién graduada con vocación de noviecita de plaza que, a falta de oportunidad para sacarle las espinillas a su Romeo, pagó su frustración extirpando de tajo el cúmulo de ampollas que, cual pléyades de la dermatología, destacaban siniestramente entre la suavidad de mi pierna de bebé, dejando en su lugar un amasijo de suturas, sangre y esparadrapos, al que más tarde mi papá añadiría su fórmula mágica de yodo, sábila y madecasol.

Insisto, yo no me acuerdo de eso, pero seguramente en alguna escondida parte de mi memoria existen reminiscencias de su rostro. Enfermera maligna. Tiene que haber sido pariente de Satán para haberme hecho una cosa semejante. Si la veo alguna vez, y si la reconozco, y si no huye, y si logro alcanzarla, quizá le arranque un mechón de pelo o le rocíe el carro con liga para frenos. Así, limpiamente, una venganza sin mayores aspavientos.

En definitiva, el resultado que arrojó la biopsia fue un inocente impétigo ampollar cuyos síntomas desaparecieron tras su salvaje extracción, pero que le valió al consultorio médico un escándalo de tal proporción que por poco hizo vibrar las paredes y agrietar cristales con una aguda voz de soprano colérica proveniente de esa delgada mujer a la que continúo llamando madre.

La cicatriz, esta característica marca circular, plana, extremadamente lisa, que el paso de las décadas no ha podido borrar, se encuentra siete centímetros por encima de mi rodilla izquierda, y siempre la he considerado mi marca más peculiar. A veces me divierto inventando posibles explicaciones alternas para su aparición. La asocio con la quemadura que podría causar una moneda caliente, o con un sello que si lo ves con detalle dice “Made in Japan”, o con la marca que dejó una pequeña nave extraterrestre al aterrizar sobre mí mientras dormía. Hoy particulrmente se me hace que es el lugar donde está la pila de reloj que le aporta energía a mis imperceptibles sinapsis.


María Lucía Rengifo -(Colaboradora)